Por Juan González
Posteriormente, las protestas se trasladaron a Libia, apuntando al derrocamiento de dictador que lleva más de 40 años en el poder, pero aquí, las cosas cambiaron el panorama de las protestas populares, al igual que en Egipto y Túnez, fueron reprimidos, más tarde un grupo de militares y funcionarios del régimen de Muammar Al-Gadafi, desertaron en desacuerdo por la represión hacia la población, y se convirtieron en los disidente.
Los Rebeldes libios, conocido más bien, como Consejo Nacional Libio de Transición, inmediatamente recibieron el apoyo de EE.UU., y Europa, llegando Francia e Italia al extremo de reconocerlos como los “únicos y legítimos representante del pueblo libio” enviando incluso embajadores a la ciudad de Bengasi, donde ellos controlan. La acción de Francia e Italia, de reconocer un gobierno de facto, que sólo una parte del territorio libio es un mal precedente para el orden político internacional, ya que desde el punto de vista jurídico esta decisión fragmenta al Estado libio.
El manejo que ha dado Occidente, a la situación de Libia, cambió el panorama de las revueltas populares del Medio Oriente y el Norte de África, en países como Yemén, Bahréin, o Siria, surgieron grupos disidentes opositores a las dictaduras y a las monarquías que gobiernan por décadas, con la esperanza de que EE.UU., y Europa, actuarían de la misma manera que en Libia.
En Bahréin un islote que está ubicado en el Golfo Pérsico, y donde reposa la quinta flota de los Estados Unidos. El pueblo en vez de recibir la esperada ayuda de EE.UU., y Europa, observaron como Arabia Saudita, enviaba mil soldados y quinientos policías especializados, acompañados de pertrechos militares, para apoyar a la monarquía y reprimirlos a ellos.
Esa señal, de inmediato fue captada por Yemén y por Siria, como luz verde para reprimir a la población que se manifiesta en la calle solicitando cambiar los regímenes despóticos, autoritarios, opresores y corruptos de estos países.
Hoy, la llamada “Primavera Árabe”, ha pasado al juego geopolítico entre dos de las potencias más influyentes del Medio Oriente. Por un lado Arabia Saudita, deseaba la caída del régimen del dictador sirio Bashar Al-Asad, para debilitar a Irán, principal líder chiíta en la región. Irán desea lo propio en Bahrein, para lograr alcanzar mayor influencia en el golfo y debilitar la influencia de Arabia Saudita en la región.
Mientras tanto, Occidente se va quedando al margen del juego geopolítico que ha surgido en el Medio Oriente.
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