lunes, 1 de febrero de 2010

La Argentina, enredada en sí misma


EL ANÁLISIS DE INFOLATAM
Manuel Mora y Araujo

(Especial para Infolatam).- "Muchos se preguntan si la tragicomedia argentina tendrá fin algún día. Hoy parece difícil que, si ese día llega a existir, ocurra antes de la asunción del gobierno que sucederá al actual el 10 de diciembre de 2011.

Por ahora, nada hace pensar que el gobierno argentino busque generar un clima de mayor certidumbre ni que la oposición al gobierno encuentre las coincidencias básicas necesarias para crear previsibilidad". (sigue)

La situación del gobierno es de extrema debilidad y férrea voluntad de dar pelea. La presidenta parece no haber tomado debida nota de que ha perdido la mayoría en el Congreso. Tampoco parece haber registrado que los jueces -inclusive algunos que han sido complacientes con el ejecutivo en los últimos años- disponen de independencia y responden a una lógica de oportunidades; en los niveles más altos de la justicia, hasta llegar a la Corte, la previsibilidad es mayor, y difícilmente alguien pueda suponer que en esos escalones se producirán fallos ‘favorables' al gobierno por alguna razón política. Por lo tanto, cuando el gobierno decide acudir al Judicial, o cuando se ve obligado a hacerlo, debería extremar la calidad y profesionalidad de sus presentaciones -lo que no ocurre-.

En el terreno puramente político, el oficialismo casi no cuenta con tropa propia convencida de su causa; eventualmente, el jefe Néstor Kirchner o la presidenta logran convocar a dirigentes locales - provinciales o municipales- a alguna acción o evento específico, pero resulta notorio que en la mayoría de los casos se trata de cumplimientos formales -como quien asiste a una fiesta de cumpleaños- y no de convicción, entusiasmo o mucho menos genuino amor. Hasta el gabinete luce como un elenco que cumple con sus obligaciones más que como un equipo que comparte una visión estratégica. No hay por dónde justificar alguna expectativa positiva con respecto a las posibilidades del kirchnerismo en la elección presidencial de 2011.

La oposición es un desorden aun mayor. Es posible diferenciar distintos espacios opositores. El que avanza hacia la recuperación de una estructura orgánica armada con proyección en todo el país es la Unión Cívica Radical.
Sus nuevas autoridades gozan de buena imagen y del respeto de todos los sectores políticos. Pero laten allí las ambiciones personales de algunos y la competencia por la candidatura presidencial. Quien hoy luce como el mejor candidato, el actual vicepresidente Julio Cleto Cobos, todavía no ha recuperado la confianza de todo el partido y no deja traslucir con claridad cual es su estrategia para llegar a ser ungido candidato presidencial. Los demás grupos políticos, tanto a la derecha como a la izquierda del espectro de ideas, son poco más que dirigentes personales con algunos adláteres -y, en pocos casos, estructuras de gobierno locales-.

Hay una oposición no peronista, cuyo eje central es la UCR y en cuyo entorno gravitan grupos que parecen más dispuestos a competir con otros dirigentes que a sumar fuerzas. Hay una oposición peronista, más fragmentada que nunca, carente de coincidencias programáticas mínimas; en su espacio parecen moverse también partículas que sobreviven de algo que en el pasado fue llamado la ‘centro derecha' argentina.

Hay otra oposición peronista que imagina una oportunidad para cosechar votos en la frontera entre el kirchnerismo y el antikirchnerismo. Se entiende su lógica -como el kircherismo es una fuente continua de dirigentes que se alejan de su espacio, la idea es captar a esos migrantes antes de que encuentren otro nicho donde asentarse-; lo que no se entiende es su diagnóstico, cuantos votos imaginan que podrían girar en torno a esos dirigentes. Hay también una izquierda, tan fragmentada hoy como hace medio siglo, ideológica -pero con ideologías increíblemente anticuadas-.

El problema de todos ellos es que no creen conveniente construir una identidad política sustentada en algunas ideas, propuestas o mensajes con contenidos sustantivos interesantes para la sociedad. Cuando el ciudadano común deja de preguntarse si alguno de esos personajes de la política -ya sean del gobierno o de la oposición- le gusta mucho, poco o nada, y en lugar de eso se pregunta qué puede esperar del país que le tocaría vivir en caso de que alguno llegue al gobierno, no tiene respuesta.

Ninguna de las preguntas más básicas que puede formularse una persona corriente acerca de qué esperar de un gobierno alternativo al de los Kirchner tiene respuesta; nada acerca de política económica, grado de apertura de la economía, perfil de la función de producción (capital, tecnología, trabajo) que se propugnará, política tributaria, educación, salud, servicios públicos, política internacional, valores de moral familiar, droga, crimen... nada de eso entra en el discurso de los políticos argentinos.

Frente a eso están los veinticinco millones de votantes argentinos, la mayoría de los cuales no cree en nada ni en nadie, desconfía de la política, abjura de los partidos y cree percibir que las cosas podrían funcionar en su país como se piensa que funcionan -no a la perfección pero razonablemente bien- en los países vecinos con los cuales la Argentina puede compararse.

La mayor parte de los actuales jugadores políticos, la mayor parte de las veces, apuesta a los errores de sus adversarios. La posibilidad de que la Argentina salga de este círculo de nunca acabar, de su sempiterno estancamiento económico y su recurrente inestabilidad política, reside en que algún dirigente rompa esa lógica de corto plazo y se proponga, seriamente, ofrecerle a la ciudadanía un programa de gobierno creíble y dispuesto a cumplirlo.

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