
Newsweek/EL Argentino
Por Daniel Gross
Google vs. China representa un choque de las que podrían ser las dos fuerzas más poderosas de la primera década del siglo XXI. Como China, Google cambió los términos de la competencia en varios mercados cruciales, gracias a sus ventajas en hardware, capacidad productiva y manipulación del poder mental. El monstruo entra en nuevas industrias —correo, GPS, teléfonos inteligentes, sistemas operativos para netbooks— sin hacerle caso a la competencia, ganando y sin competidores.
Pero ahora una de las compañías de más rápido crecimiento en el mundo amenaza con arrancarle participaciones a uno de los mercados de más rápido crecimiento en el mundo. Es una acción que suscita muchas preguntas respecto a Google y su futuro, y una pregunta mayor para China. ¿China podrá hacerse rica sin hacerse libre?
La historia sugiere que no puede. Hasta hace poco China, que estaba tecnológicamente más avanzada que Europa a la mitad del último milenio, se había rezagado. Los historiadores, encabezados por el magistral David Landers, de Harvard, dieron argumentos convincentes de que la lenta erosión de la autoridad arbitraria —la Reforma, la Ilustración, el aumento de los derechos, las constituciones, la democracia— ayudó a avivar la revolución capitalista.
La historia sugiere que no puede. Hasta hace poco China, que estaba tecnológicamente más avanzada que Europa a la mitad del último milenio, se había rezagado. Los historiadores, encabezados por el magistral David Landers, de Harvard, dieron argumentos convincentes de que la lenta erosión de la autoridad arbitraria —la Reforma, la Ilustración, el aumento de los derechos, las constituciones, la democracia— ayudó a avivar la revolución capitalista.
En los últimos siglos, el mundo desarrollado ha sido liderado económicamente por imperios comerciales democratizadores: Gran Bretaña en los siglos XVIII y XIX, y EE. UU. en el XX. Sin mentes libres, es difícil tener mercados libres, y viceversa. Tratar de desarrollarse económicamente mientras se controla el flujo de la información generalmente ha sido una apuesta perdida. O bien tales regímenes fracasan en crecer y colapsan (el bloque soviético), o las fuerzas del liberalismo económico al final llevan al liberalismo político, como en Chile.
En los últimos 30 años, China puso a prueba un nuevo modelo invertido: un desarrollo económico vertiginoso mientras mantiene límites estrictos a la libertad personal. El Partido Comunista ha arrebatado a la nación del siglo XXI. El hardware ciertamente es impresionante: trenes magnéticos, relucientes aeropuertos y rascacielos modernos.
En los últimos 30 años, China puso a prueba un nuevo modelo invertido: un desarrollo económico vertiginoso mientras mantiene límites estrictos a la libertad personal. El Partido Comunista ha arrebatado a la nación del siglo XXI. El hardware ciertamente es impresionante: trenes magnéticos, relucientes aeropuertos y rascacielos modernos.
China desplazó a EE. UU. como el mayor mercado automotriz mundial, y está a punto de rebasar a su rival eterno, Japón, como la segunda mayor economía. Semejante crecimiento atrajo a compañías estadounidenses, las cuales inevitablemente hacen una serie de compensaciones cuando deciden ir al Este. Aceptan empresas conjuntas con socios locales y el riesgo de robo de propiedad intelectual, y aprenden a negociar en una cultura comercial en la que el gobierno puede arrestar y encarcelar a un ejecutivo clave, como le sucedió al gigante minero australiano Rio Tinto.
Como grupo, las empresas del Fortune 500 pasaron por alto o aceptaron la falta de libertad política. Después de todo, General Motors o KFC están en el negocio de vender cosas, no principios. Y tienen que estar en China porque allí es donde está la acción. “Si no vienen a los mercados chinos, otros países lo harán”, dijo Zheng Zeguang, director general de Asuntos Norteamericanos en el Ministerio de Asuntos Exteriores de China.
Por eso es que fue Google. El verano pasado, había anuncios de Google por todo Shanghai. Pero Google no es como otras compañías de EE. UU. que han tenido éxito en China. Vende acceso a la información. Su modelo empresarial requiere de libertad de conexión, navegación y expresión. Y por eso es que, junto con otros medios y compañías de la Nueva Economía, no le fue bien en China.
Por eso es que fue Google. El verano pasado, había anuncios de Google por todo Shanghai. Pero Google no es como otras compañías de EE. UU. que han tenido éxito en China. Vende acceso a la información. Su modelo empresarial requiere de libertad de conexión, navegación y expresión. Y por eso es que, junto con otros medios y compañías de la Nueva Economía, no le fue bien en China.
Google tiene 14,1 por ciento del mercado chino de búsquedas, en comparación con el 62,2 por ciento del buscador local Baidu. Peor para Google (cuyo lema es: no hagas el mal), hacer negocios en Guangzhou significa ser cómplice en actividades que son antiéticas con su misión. “¿Cuán lejos vas en el camino de volverte un socio de facto en el control gubernamental de la información?”, pregunta Zachary Karabell, autor de “Superfusion: How China and America Became One Economy”.
Como Google, China es dirigida por ingenieros, pero los líderes fueron educados como ingenieros civiles. Los ingenieros de software de Google se volvieron multimillonarios al concebir un algoritmo democrático. Los ingenieros civiles de China están poniendo el proceso de cabeza. Creen que la nación está haciéndose más rica precisamente porque mantienen a las tendencias democráticas bajo control. En las dos semanas que pasé en China en noviembre pasado, oí a las élites occidentalizadas hacer todo tipo de racionalizaciones sobre por qué el momento no es adecuado para la democratización.
Como Google, China es dirigida por ingenieros, pero los líderes fueron educados como ingenieros civiles. Los ingenieros de software de Google se volvieron multimillonarios al concebir un algoritmo democrático. Los ingenieros civiles de China están poniendo el proceso de cabeza. Creen que la nación está haciéndose más rica precisamente porque mantienen a las tendencias democráticas bajo control. En las dos semanas que pasé en China en noviembre pasado, oí a las élites occidentalizadas hacer todo tipo de racionalizaciones sobre por qué el momento no es adecuado para la democratización.
El argumento principal: en una nación de 1.300 millones de personas, 56 grupos étnicos y un desarrollo desequilibrado, impulsar las elecciones libres, la sociedad civil y la organización política sería una receta para el caos, y un impedimento para el crecimiento. Un alto burócrata señaló que los índices de crecimiento de Corea del Sur, Taiwán e Indonesia cayeron en cuanto se volvieron más democráticos. “Cuando enfatizas el desarrollo y la eficiencia, entonces tienes un problema con el sistema de la democracia”, dijo Zhe Sun, director del Centro para las relaciones EE. UU.-China de la Universidad Tsinghua en Beijing. Para un régimen cuya legitimidad radica en el progreso económico, no se pueden tolerar tales retrasos.
Sí, Shanghai se parece mucho a Nueva York. Pero no sólo se debe asumir que porque los estadounidenses y los chinos comparten una cultura de consumo también comparten una misma política. Cuando estuve en la Plaza de Tiananmen en un frío día de noviembre, me volví hacia mi guardia. “Fue realmente algo lo que pasó aquí hace 20 años”, dije. “Sí”, respondió en su inglés casi fluido. “Esos terroristas mataron a muchos soldados”.
Las fuerzas del mercado prevalecen, pero el gobierno tiene sus manos en el volante y los pies en el acelerador y el freno, especialmente en industrias de información intensa como la búsqueda por internet. Y aun cuando agradece las inversiones de los Fortune 500, China se dedica a ciberataques de gran escala a la compañía tecnológica más avanzada del mundo. La crisis que hundió al mundo en una recesión sólo dio a los chinos más confianza en su modelo.
Sí, Shanghai se parece mucho a Nueva York. Pero no sólo se debe asumir que porque los estadounidenses y los chinos comparten una cultura de consumo también comparten una misma política. Cuando estuve en la Plaza de Tiananmen en un frío día de noviembre, me volví hacia mi guardia. “Fue realmente algo lo que pasó aquí hace 20 años”, dije. “Sí”, respondió en su inglés casi fluido. “Esos terroristas mataron a muchos soldados”.
Las fuerzas del mercado prevalecen, pero el gobierno tiene sus manos en el volante y los pies en el acelerador y el freno, especialmente en industrias de información intensa como la búsqueda por internet. Y aun cuando agradece las inversiones de los Fortune 500, China se dedica a ciberataques de gran escala a la compañía tecnológica más avanzada del mundo. La crisis que hundió al mundo en una recesión sólo dio a los chinos más confianza en su modelo.
En noviembre, me entrevisté con Qian Xiao-qian, viceministro del Consejo Estatal para la Información de China. “Decir que el gobierno chino controla internet es exagerado”, dijo (después de la entrevista, prendí mi laptop y me bloquearon el acceso a Twitter, Facebook y el blog de Andrew Sullivan). Qian enumeró todas las cosas que la gente no puede hacer en internet: nada de pornografía, nada de querer incitar a la discriminación racial y nada de querer “violar la Constitución china y subvertir al estado”. Sin embargo, las reglas son arbitrarias, opacas y sujetas a cambios.
Qian marcó las cifras impresionantes: China tenía 338 millones de usuarios de internet en junio de 2009, 700 millones de clientes de telefonía móvil y 180 millones de blogs. Son suficientes usuarios como para hacer negocios, con o sin Google.
¿Podrá China seguir creciendo sin permitirle a Google —y los próximos Googles del mundo— libertad de acción? Se las arregló bien hasta ahora. Pero hay algunas advertencias a lo largo de la historia.
Primero, China todavía tiene mucho camino por recorrer antes de que la consideren rica. Y algunos analistas argumentan que no es justo atar el desarrollo civil de China a los estándares estadounidenses. EE. UU. tuvo el actual perfil económico de China —un PBI per cápita cercano a US$ 5.000, 40 por ciento de la fuerza laboral en la agricultura, 30 años en el proceso de industrializarse y urbanizarse— en 1900, una época en la que no había elecciones directas para el Senado, las mujeres no podían votar y la segregación reinaba en el sur.
Segundo, mucho del desarrollo extraordinario de China se basó en pasar a campesinos a la manufactura. La clave para el crecimiento futuro de empleos, dice Stephen Green, economista en jefe del Banco Standard Chartered en Shanghai, estará en el sector de servicios. Y los mayores componentes del sector de servicios —servicios financieros, entretenimiento, medios de comunicación— están en manos del estado. Más adelante, se volverá más difícil para una economía basada en servicios el prosperar con las restricciones a la comunicación y la expresión.
Qian marcó las cifras impresionantes: China tenía 338 millones de usuarios de internet en junio de 2009, 700 millones de clientes de telefonía móvil y 180 millones de blogs. Son suficientes usuarios como para hacer negocios, con o sin Google.
¿Podrá China seguir creciendo sin permitirle a Google —y los próximos Googles del mundo— libertad de acción? Se las arregló bien hasta ahora. Pero hay algunas advertencias a lo largo de la historia.
Primero, China todavía tiene mucho camino por recorrer antes de que la consideren rica. Y algunos analistas argumentan que no es justo atar el desarrollo civil de China a los estándares estadounidenses. EE. UU. tuvo el actual perfil económico de China —un PBI per cápita cercano a US$ 5.000, 40 por ciento de la fuerza laboral en la agricultura, 30 años en el proceso de industrializarse y urbanizarse— en 1900, una época en la que no había elecciones directas para el Senado, las mujeres no podían votar y la segregación reinaba en el sur.
Segundo, mucho del desarrollo extraordinario de China se basó en pasar a campesinos a la manufactura. La clave para el crecimiento futuro de empleos, dice Stephen Green, economista en jefe del Banco Standard Chartered en Shanghai, estará en el sector de servicios. Y los mayores componentes del sector de servicios —servicios financieros, entretenimiento, medios de comunicación— están en manos del estado. Más adelante, se volverá más difícil para una economía basada en servicios el prosperar con las restricciones a la comunicación y la expresión.
China enfrenta una paradoja fundamental, dice Damien Ma, un analista del Eurasia Group. “Necesita un flujo de información bastante cerrado para sus propósitos de estabilidad política, pero hacerlo contiene la innovación”.
Ahí está el problema. Cualquier tipo de sistema político puede producir un hardware excelente: la Unión Soviética, que gobernaba Rusia cuando Sergey Brin, cofundador de Google, nació allí en 1973, se las arregló para producir armas nucleares y satélites.
Ahí está el problema. Cualquier tipo de sistema político puede producir un hardware excelente: la Unión Soviética, que gobernaba Rusia cuando Sergey Brin, cofundador de Google, nació allí en 1973, se las arregló para producir armas nucleares y satélites.
De forma similar, China construyó una infraestructura impresionante: alrededor de 67 puentes se extienden ahora sobre el río Yangtsé, tienen una supercomputadora muy rápida hecha sólo con partes chinas y trenes de alta velocidad. Pero en el siglo XXI un país necesita de un gran software para poder prosperar. Debe tener una cultura que facilite el flujo de la información, no sólo de bienes.
Con Nick Summers en Nueva York.
Con Nick Summers en Nueva York.
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