domingo, 7 de febrero de 2010

Cuando no hay enemigos



Newsweek /El Argentino
Por Nader Mousavizadeh

Un año después de que Barack Obama reinició las relaciones de EE. UU. con los “estados enemigos” del mundo, hay un veredicto: de Myanmar a Corea del Norte, y de Venezuela a Irán, la mano extendida se topó con un puño cerrado. Aung San Suu Kyi permanece bajo arresto domiciliario en Rangún, Pyongyang prueba misiles, Caracas despotrica contra el imperialismo “gringo”, y Teherán descartó una fecha límite a finales del año para llegar a un acuerdo en su programa nuclear.

Lo que Washington no puede reconocer es que el mundo que creó los “estados enemigos” ya no existe. El término se popularizó en la década de 1980, principalmente en EE. UU., para describir a las dictaduras menores que ponían en riesgo el orden de la Guerra Fría. Luego, después de la caída de la Unión Soviética en 1991, el desafío para EE. UU. estuvo en aquellos estados que no estaban dispuestos a acomodarse al “fin de la historia” y a adaptarse a los valores estadounidenses.
La idea del “estado enemigo” asumió la existencia de una comunidad internacional, unida detrás de valores e intereses occidentales, que podría estar de acuerdo sobre quiénes eran los renegados y cómo hacerles frente. A finales de la década de 1990, esta comunidad ya no existía, con el surgimiento de China, la reactivación de Rusia, y el surgimiento de India, Brasil y Turquía como potencias. Hoy está claro que la “comunidad internacional”, definida por los valores occidentales es una ficción, y que para muchos estados el término “enemigo” puede aplicarse tanto a EE. UU. como a los que trata de aislar.

Para enfrentar las amenazas de la proliferación nuclear, el terrorismo y la inestabilidad regional planteada por elementos estatales y no estatales, se requieren coaliciones dispuestas y no construidas bajo la presión de EE. UU. Ya no es posible que EE. UU. —ni siquiera con Obama como presidente— logre el apoyo internacional a favor de un programa estadounidense, y ni siquiera occidental. Lo que el mundo busca de EE. UU. es más participación, no menos, pero basada en la asociación, no en la supremacía. Actualmente, resulta obvio que el liderazgo estadounidense convencional es tan indeseable en la persona de Barack Obama como en la de George W. Bush.

A falta de una nueva comunidad internacional, las medidas represivas dirigidas por EE. UU. contra los viejos estados enemigos están condenadas al fracaso. Los esfuerzos occidentales lanzaron a los estados enemigos en brazos de otros como ellos: Myanmar intercambia equipo militar y quizá secretos nucleares con Corea del Norte; Irán tiene relaciones más cercanas con Siria; Venezuela apoya a Cuba. Peor que el vínculo entre buscapleitos relativamente débiles es el creciente apoyo que reciben de potencias emergentes, como Brasil, Turquía, Rusia y China.

Obama asumió creyendo que una diplomacia más receptiva podría congregar el apoyo global para el viejo programa occidental, pero eso no basta. Lo que se necesita, más que un cambio de tono o una revisión de la política de EE. UU., es un nuevo conjunto de intereses globales básicos —ni puramente occidentales ni orientales— definido de común acuerdo con las potencias emergentes que tienen una influencia verdadera en capitales como Rangún, Pyongyang y Teherán. Esto requiere que EE. UU. haga una dolorosa reconsideración de su lugar en el mundo. Pero podría obtener la verdadera ayuda de las potencias emergentes para soportar la carga financiera y militar frente a las amenazas.

Actualmente, los países grandes y pequeños, honorables y no, buscan socios, no patrocinadores. Mientras Washington pretende castigar a los enemigos, buscando cambios inmediatos en su conducta, las potencias rivales intervienen con contratos de inversión y de defensa, y ofreciendo una relación basada en la dignidad y el respeto. Esta es la historia de China en Myanmar, Rusia en Irán, Brasil en Cuba, etcétera. Y dado que las instituciones del gobierno global —el Consejo de Seguridad de la ONU, el Banco Mundial y el FMI— tienen pocos deseos de conceder a las nuevas potencias un asiento en la mesa de toma de decisiones, no es de extrañar que no sientan ninguna obligación para respaldar las sanciones en cuya formulación no participaron.

Lejos de mostrarse tímidas acerca de su independencia, las potencias nacientes afirman su estatus con fuerza creciente. Durante una reciente visita de estado, el presidente de Brasil Luiz Inácio Lula Da Silva se colocó al lado del presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad y declaró francamente: “No tenemos derecho a creer que otras personas deberían pensar como nosotros”. Estas palabras resuenan más profundamente fuera del mundo occidental que los nuevos llamados a la unidad contra los “estados enemigos”. Días antes, Ahmadinejad había sido recibido por Recep Tayyip Erdogan, primer ministro de Turquía, quien recibió a su vecino en una cumbre de naciones islámicas e insistió que el programa nuclear de Irán era “pacífico”. Predeciblemente y de manera equivocada, la prensa occidental atacó a Lula y a Erdogan por traicionar la solidaridad y los valores democráticos. Los demócratas establecidos como Lula y Erdogan no están poniéndose del lado de Ahmadinejad ni apoyando las acciones represivas de su gobierno contra los manifestantes o sus programas nucleares encubiertos. En lugar de ello, demuestran su intención —y su capacidad— de tener un punto de vista sobre quiénes son los enemigos y cómo deberían hacerles frente.

Los peligros del viejo pensamiento occidental acerca de los estados enemigos son puestos en evidencia en un rincón de Asia que se convierte en un campo de batalla geopolítico sin ninguna presencia notable de Occidente. Irán, con su programa nuclear, puede ser el más grave desafío relacionado con los “estados enemigos”; Sudán, con sus antecedentes de un genocidio puede ser el más preocupante moralmente; Zimbabue, con su espectáculo de la autodestrucción sistemática de una sociedad, puede ser el más enloquecedor.
Pero Birmania es quizá el caso más sombrío y más avanzado del fracaso de las estrategias occidentales, dirigidas únicamente a eliminar a los regímenes represivos. Las dos décadas de política encaminada a aislar a Myanmar ahora lucen como un intento construido para debilitar la influencia de Occidente y abrirle la puerta a China, al tiempo que se devasta la economía legítima de Myanmar y no se hace nada para mejorar los derechos humanos de sus habitantes. Prácticamente ningún aspecto de la política occidental ha surtido efecto: la junta militar tiene todo el control como siempre; la oposición democrática está desorganizada, y aunque la política de Occidente hacia Myanmar estaba dirigida hacia la conducta interna del régimen, ahora debe enfrentar los supuestos lazos de los generales con Corea del Norte, incluso en el área de cooperación nuclear.

Esto no quiere decir que las sanciones no hayan tenido un impacto, sólo que fueron contraproducentes. En una serie de conversaciones recientes con líderes de la sociedad civil, hombres de negocios y diplomáticos extranjeros en Rangún, surgió una imagen sombría: una clase media diezmada y forzada hacia el exilio; un sistema educativo incapaz de desarrollar el capital humano del país; un sector privado debilitado, en el que sólo los amigos de la junta pueden obtener beneficios al comerciar con los recursos naturales del país.
Un hombre de negocios birmano lo expresó de mejor manera. “Somos sancionados doblemente”, se lamentó. “Primero por el régimen, y en segundo lugar por Occidente”. Hillary Clinton lo reconoció al afirmar que “el camino que tomamos al imponer sanciones no influenció a la junta birmana”. Añadió, con menos pruebas, que “el hecho de tenderles la mano y tratar de lograr su participación tampoco influyó”. Ahora, los posibles signos de un descongelamiento en las relaciones entre EE. UU. y Myanmar sugieren que la participación bien puede tener un impacto, pero no uno que satisfaga las necesidades a corto plazo de los encargados de la política en Occidente y sus exigencias para obtener concesiones notables.

Para los “estados enemigos”, las potencias emergentes representan una cobertura diplomática, así como modelos económicos y políticos. En Myanmar, las sanciones de Occidente dieron la oportunidad a China e India de lograr una influencia económica y política indiscutible en un país al que conceden una gran importancia estratégica. En Irán, la presión de Occidente le enseñó a los funcionarios a convertirse en amos en las artes de crear alianzas alternativas —con Rusia, China y otros— y de sortear las sanciones.
Aunque estas últimas desaceleraron el desarrollo del sector energético de Irán y sofocaron el crecimiento económico, el régimen se volvió muy hábil para embarcar mercancías prohibidas a través de terceros países, financiando sus actividades en divisas distintas del dólar estadounidense, e invitando a entidades no occidentales a participar en acuerdos atractivos en sectores cruciales de la economía como infraestructura, energía y telecomunicaciones. Si el propósito de las sanciones era detener el programa de enriquecimiento nuclear de Irán y su capacidad de proyectar poder a través de sus representantes regionales como Hizbuláh y Hamás, sólo podemos decir que fracasaron.

Inicialmente, el gobierno de Obama tuvo la honradez —consigo mismo y con el mundo—de reconocer los límites de las sanciones y, en lugar de ello, probar si una política de participación que abordara los intereses de seguridad legítimos de Irán podría ayudar a convencer al régimen de detener la militarización de su programa nuclear. Sin embargo, ahora que pasó el plazo de un año para mostrar avances, se espera que Obama presente un paquete de sanciones “más inteligentes”. El objetivo es nada menos que estrangular la economía iraní, extraer un precio que incluso este régimen será incapaz de pagar. Sin embargo, para que un embargo funcione, las potencias emergentes deberán participar. Y ese es el problema.

Desde el principio, el gobierno de Obama supuso que incluso si una oferta de compromiso por parte de de EE. UU. no convencía a Teherán, su propia sensatez haría participar a Rusia y China en la implementación de sanciones “discapacitantes” de la ONU. Ahora, puede ser que Beijing y Moscú prefieran una Casa Blanca menos propensa a disparar impulsivamente (dejando de lado, por el momento, la posibilidad de que a ambos también les gustaría ver a EE. UU. entrampado durante décadas en otro costoso conflicto en Oriente Medio). Pero nunca se explicó por qué un gobierno más conciliatorio de Estados Unidos alteraría los intereses rivales de Rusia y China.
Moscú desea tener una relación comercial con Teherán, China desea petróleo y gas, y ambos desean un apoyo estratégico en el Golfo Pérsico para equilibrar la dominación de EE. UU. Mientras EE. UU. estrecha su visión de Irán para centrarse en las bombas atómicas, las potencias emergentes consideran al problema nuclear como una faceta de su relación con Irán. En Myanmar e Irán —no menos que entre los demás estados enemigos — las décadas de sanciones occidentales generaron una tormenta perfecta de privaciones para el pueblo, riqueza y seguridad laboral para sus gobernantes e influencia estratégica para los países a los que no conmueven las quejas acerca de los abusos contra los derechos humanos. Al aislar a los regímenes represivos, Occidente a menudo les da una excusa para bloquear las fuerzas reformistas con mayores probabilidades de minar su poder, e incluso para unir al pueblo al lado de un gobierno odiado para oponerse a la intervención extranjera. Se requiere una nueva estrategia.

Nada desestabilizaría más este status quo que dar a los líderes “enemigos” aquello que más temen: un fin absoluto de las sanciones económicas, comercio manifiesto y sin restricción con las clases comerciales tradicionales, intercambios educativos para sus estudiantes, y menos políticas restrictivas de viajes para la población en general, pero manteniendo los embargos a las armas y las restricciones de visas para la élite gobernante. Esta política tendría muchas más probabilidades de lograr el apoyo de las potencias emergentes y rivales— y de la población de los estados enemigos —y pondría a en marcha una cadena de acontecimientos que podrían generar una mayor seguridad y un gobierno más responsable.

Desde luego, un cambio de política de esta magnitud enfrentará su máxima oposición en Washington. Para los adversarios derechistas de Obama, sería una prueba positiva de su “apaciguamiento” contra el Eje del Mal. Para sus aliados de la izquierda, constituiría una traición de su programa a favor de los derechos humanos. La verdad —como él puede explicar, mejor que cualquier otro líder de EE. UU.— es que la política estadounidense de aislar a los enemigos fue un fracaso manifiesto, y que una asociación genuina con las potencias que importan actualmente tiene muchas más probabilidades de fomentar la seguridad y la dignidad humana entre los estados enemigos.

¿Este enfoque suavizará la retórica de Hugo Chávez o la obstinación de Robert Mugabe, disminuirá la paranoia de Kim Jong Il o minará el brutal control de Ahmadinejad en el poder? Es poco probable. Pero puede comenzar a dar forma a un entorno global menos propicio para su retórica de resistencia y más vulnerable a la acusación de ilegitimidad —dentro y fuera del país — que, con el tiempo, se convierte en el verdadero Talón de Aquiles de cualquier régimen. Por último, daría a la política de Obama un significado más allá de las palabras y comenzaría a posicionar a EE. UU. como una potencia del siglo XXI que influye mediante el ejemplo, y no con la fuerza. n


* Mousavizadeh, fue asistente especial del Secretario General de ONU Kofi Annan de 1997 a 2003 y es Miembro de alto rango del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos en Londres, Inglaterra.

No hay comentarios: