lunes, 1 de febrero de 2010

Turquía amplia su influencia con brillantes resultados en el ámbito internacional


Dmitri Bábich
RIA Novosti

La cumbre de tres Estados islámicos, Turquía, Afganistán y Pakistán, celebrada el pasado 25 de enero en Estambul, volvió a demostrar que Turquía intenta en erigirse en un país influyente en el mundo musulmán.

Indirectamente, esas aspiraciones elevan la influencia de Rusia, uno de los socios económicos más importantes de Turquía (con el intercambio comercial anual de unos 25.000 millones de dólares), aventajado sólo por la Unión Europea (UE).

El mismo 25 de enero, aparecieron dos noticias relativas a Turquía. El turco, Mevlüt Cavusoglu, fue elegido nuevo presidente de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa (PACE), y la población de Turquía alcanzó los 72 millones de habitantes, que equivale a un 50% de la población de Rusia.

La reunión del presidente turco, Abdullah Gül, con su homólogo pakistaní, Asif Alí Zardari, y el mandatario de Afganistán, Hamid Karzai, fue muy importante, de cara a la próxima conferencia internacional sobre Afganistán a celebrarse en Londres.

En Estambul los tres líderes discutieron las posibilidades de ofrecer otras fuentes de ingresos a los campesinos afganos a cambio de dinero procedente del tráfico de heroina que se introduce en Europa a través de Rusia, las repúblicas de Cáucaso y otras rutas.

Turquía reunió en varias ocasiones a los mandatarios de Afganistán y Pakistán, cuyas relaciones en cierta medida son tensas, y en general, Ankara actúa como mediadora movilizando a los Estados islámicos a prestar apoyo a Kabul.

Las ambiciones de Ankara guardan una estrecha relación con sus crecientes posibilidades financieras. El encuentro de Abdullah Gül y Alí Zardari dio inicio al proyecto para la reconstrucción de la vía férrea entre Islamabad y Estambul que pasará por la capital iraní, Teherán, y tendrá un costo de unos 20.000 millones de dólares.

Pocos países como Turquía han conseguido mantener simultáneamente estrechas relaciones con los países occidentales, Rusia e Irán. La diplomacia turca durante los dos últimos dos años demostró que es posible mejorar las relaciones en todas las direcciones, desarrollando la amistad con Occidente sin empañar las relaciones con otros países civilizados.

El año pasado, Turquía, miembro de la OTAN y, en consecuencia, aliada de EEUU, firmó un acuerdo con Siria para abrir sus fronteras y anular el régimen de visados.

Vale recordar que Washington incluyó a Siria en la lista de países patrocinadores del terrorismo internacional. Hace algún tiempo, el Pentágono incluso planeaba una intervención militar en Siria, después de Irak, pero tuvo que renunciar a esos planes.

A finales de los noventa, las autoridades de Ankara amenazaron con declarar la guerra a Siria en caso de que Damasco se negara a expulsar de su territorio al líder de la guerrilla kurda, Abdullah Ocalan. En 1999, Ocalan acabó por ser capturado en Kenia y encarcelado en Turquía tras varios intentos de refugiarse en Rusia, Italia y África.

Desde aquel momento empezaron a aparecer las noticias sobre los éxitos diplomáticos de Turquía, conseguidos, en su mayoría, gracias a la habilidad del gobierno de este país de integrarse en la comunidad occidental sin ofender a sus vecinos musulmanes ni a Rusia y sin afiliarse a los que se pronuncian por apartar a Rusia de los flujos financieros y energéticos.

Durante su visita a Turquía el año pasado, el primer ministro ruso, Vladímir Putin, consiguió la autorización de Ankara para construir el gasoducto South Stream (Corriente Sur) en sus aguas territoriales del mar Negro. Asimismo, Turquía expresó su aspiración a participar en la realización del gasoducto Nabucco, financiado y apoyado por EEUU y la UE y alternativo al gasoducto ruso.

Tanto Moscú como Washington y Bruselas quedaron satisfechos.

Ankara demostró que es absurda de la tesis que imponen algunos ideólogos occidentales a los países euroasiáticos, y que se resume con al frase: "si queréis cooperar con Rusia, hacedlo, pero en tal caso, quedaréis fuera del juego".

Además, si Rusia condujera en el Cáucaso realmente la política de «divide y vencerás", como le acusan frecuentemente los países occidentales, sería poco probable que Turquía estrechara las relaciones con un país como Armenia que, entre otras cosas, exige reconocer el genocidio de su población por el Imperio Osmán (1915).

Aunque Armenia es aliada de Rusia, Moscú nunca se opuso a que Ereván mejorara sus relaciones con Ankara. En octubre pasado, ambos países se comprometieron a ratificar protocolos sobre el restablecimiento de las relaciones diplomáticas y estudiar la posibilidad de abrir sus fronteras.

No obstante, es imposible satisfacer a todos. Durante estos últimos meses aparecieron nuevas críticas en Turquía, y también en Azerbaiyán. Este país

reclamó que sus aliados turcos deben recordar las pérdidas sufridas por Azerbaiyán en Alto Karabaj antes de restablecer sus relaciones con Armenia.

Según varios analistas, Ankara restablecerá las relaciones con Ereván si el gobierno armenio permite a los refugiados azerbaiyanos volver por lo menos a algunas regiones colindantes con Alto Karabaj y que se encuentran en la "zona de seguridad" establecida por Armenia tras su victoria en la guerra de los años 90.

Sin embargo, el proceso turco-armenio ya empezó, y hasta los "mejores amigos" de Rusia, como sovietólogos estadounidenses y europeos, no podrán acusar a Rusia de obstruirlo.

El segundo crítico de Turquía es Israel. Sus motivos son simples. Israel se ofendió con el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, porque éste expresó solidaridad con las víctimas civiles de la operación Plomo Fundido desarrollada por Israel en la franja de Gaza.

Pero sin esa manifestación emocional que protagonizó el jefe del gobierno turco ante el presidente israelí, Shimon Peres, Turquía no puede aspirar al papel protagónico en el mundo musulmán. Simplemente, Erdogan no pudo actuar de otra forma.

"Tengo la impresión de que las críticas de Erdogan contra nuestra operación en la franja de Gaza buscan ante todo resolver problemas internos de Turquía", dijo al respecto, la embajadora de Israel en Rusia, Anna Azari. "Sin embargo, la reciente visita de nuestro titular de Defensa a Turquía fue muy satisfactoria. Por eso, creo que las relaciones entre nuestros países pronto volverán a la normalidad", añadió.

Según la prensa occidental, no se justificaron las preocupaciones respecto a la política que practicaría el partido islámico moderado de la Justicia y Desarrollo que llegó al poder en Turquía en 2002.

Los éxitos logrados por este partido y sus líderes representan uno de los pocos resultados positivos de Turquía en la palestra internacional en los años 2000.

LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE OBLIGATORIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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