lunes, 22 de febrero de 2010

El traumatismo del fin del Imperio


Edición Cono Sur/octubre 2007

El fracaso de la ocupación de Irak no hizo más que acentuar la crisis en el seno de la elite estadounidense en momentos en que ya se manifestaba el desmoronamiento del Consenso de Washington y emergían otras potencias económicas. La fractura del establishment de seguridad nacional que dirige al país desde la Segunda Guerra Mundial compromete la legitimidad internacional de Estados Unidos.

Las desastrosas consecuencias de la invasión y ocupación de Irak provocaron en el seno de la elite estadounidense una crisis aun más profunda que la ocasionada por la derrota en Vietnam hace treinta años. El colmo de la ironía: esa crisis afecta a la coalición de ultranacionalistas y neoconservadores que se formó en la década del '70, precisamente para tratar de terminar con el "síndrome de Vietnam", restaurar el poderío estadounidense y reactivar la "voluntad de victoria" en el país.

Si, a diferencia de lo ocurrido durante la guerra de Vietnam, no se registra una protesta masiva duradera y popular, fue sin duda porque el ejército está compuesto ahora por voluntarios provenientes esencialmente de medios pobres y también porque esa guerra es financiada, de una forma o de otra, por capitales extranjeros, aunque no se sabe por cuánto tiempo más. Pero al interior de la "elite", la crisis fracturó al establishment de seguridad nacional que dirige el país desde la Segunda Guerra Mundial.

Al desacuerdo sobre la conducción de la guerra por parte de una media docena de generales retirados, públicamente expresado -un hecho sin precedentes 1- se sumó la recurrente expresión de disenso que se registra en el seno de las agencias de inteligencia y en el Departamento de Estado desde 2003, lo que marca una tendencia más de fondo que afecta a importantes sectores de la elite y a las principales instituciones del Estado.
No todos los detractores de la guerra son tan directos como el general retirado William Odom, que repite incesantemente que la invasión de Irak fue "el más importante desastre estratégico de la historia de Estados Unidos" 2, o como el coronel Larry Wilkerson, ex jefe de Estado Mayor de Colin Powell, que denunció un "error de dimensión histórica" y exige la destitución del Jefe de Estado 3, ni como el ex director del Consejo Nacional de Seguridad, Zbigniew Brzezinski, que calificó la guerra de Irak y la ocupación de ese país de "calamidad histórica, estratégica y moral" 4.

Profunda discordia

La mayoría de las críticas públicas de la elite no va muy lejos y concierne generalmente a la manera en que fue dirigida la guerra de ocupación, más que a la cuestión fundamental de la invasión en sí misma. Pero de todas formas la discordia es profunda y amplia: diversos ministerios se echan la culpa y se acusan mutuamente de ser responsables de la "pérdida de Irak" 5. En privado, ex altos responsables muestran una rabia contenida, denuncian sombrías "intrigas", y no dudan en vilipendiar a la Casa Blanca.

Sin la menor ironía, un ex oficial del Consejo de Seguridad Nacional comparó a sus actuales ocupantes con "la familia Corleone" inmortalizada por el film El Padrino. "Por culpa de una camarilla incompetente, arrogante y corrupta, estamos perdiendo nuestra posición dominante en Medio Oriente", declaró otro alto oficial, mientras que un senador republicano afirmó que "la Casa Blanca quebró al ejército y ridiculizó su honor".

Pero ninguno de esos detractores institucionales puede ser considerado de ninguna manera como una "paloma": independientemente de su afiliación política o de su opinión personal, fueron o son aún guardianes del poder, gestores del Estado de seguridad nacional, actores a veces en intervenciones imperiales, abiertas o encubiertas, desarrolladas en los "terceros mundos" durante y después de la Guerra Fría. Fueron o son aún "gestores de sistema" del aparato burocrático de seguridad nacional que el sociólogo Wright Mills disecara antes que nadie, y cuya función es producir y reproducir el poder.

En consecuencia, en tanto grupo social, no es posible diferenciar esos "realistas" del objeto de sus críticas en lo que atañe a su voluntad de emplear la fuerza o a la implacabilidad que demostraron históricamente en la prosecución de los objetivos del Estado. Como tampoco se puede atribuir la causa de su desafección a convicciones divergentes en materia de ética, de normas y de valores (a pesar de que tales diferencias podrían motivar a algunos individuos). El desacuerdo proviene de la comprobación fría y racional de que la guerra en Irak prácticamente "quebró al ejército estadounidense" 6, y comprometió gravemente, quizás de manera irreparable, "la legitimidad mundial de Estados Unidos" 7, es decir, su capacidad para establecer las preferencias mundiales y definir la agenda planetaria. En sus expresiones más sofisticadas, como en el caso de Brzezinski, ese disenso evidencia la comprensión del hecho de que el poder no se reduce al poder de coerción, y que una vez perdida, la legitimidad hegemónica es difícil de restablecer.

Los signos de erosión de la hegemonía estadounidense son visibles: en América Latina, donde la influencia de Estados Unidos está en el nivel más bajo desde hace décadas; en Asia del Este, donde Washington debió, de mala gana, negociar con Corea del Norte (Bruce Cumings, pág. 24) y reconocer a China como un actor indispensable para la seguridad regional; en Europa, donde el proyecto estadounidense para instalar baterías antimisiles es cuestionado por Alemania y por otros Estados de la Unión Europea; en el Golfo, donde aliados de larga data, como Arabia Saudita, persiguen objetivos regionales autónomos que sólo coinciden parcialmente con los de Estados Unidos; en el seno de las instituciones internacionales, ya se trate de la Organización de las Naciones Unidas o del Banco Mundial (a cuya presidencia tuvo que renunciar el estadounidense Paul Wolfowitz el 30 de junio, enredado en un caso de nepotismo), en las que Washington ya no está en condiciones de determinar el orden del día.

Al mismo tiempo, de las encuestas de opinión internacionales realizadas regularmente por el PEW Research Center de Washington 8, surge una actitud de desafío sistemático respecto de la política exterior estadounidense a nivel casi mundial, y un debilitamiento del soft power, del atractivo que ejerce Estados Unidos en el mundo: el American dream fue reemplazado por la imagen de un Leviatán militar que sólo muestra desprecio por la opinión pública internacional y que viola las mismas reglas que Estados Unidos instituyó 9. Es evidente que la opinión pública mundial no logra detener las guerras, pero influye por medios más sutiles en las relaciones internacionales.

Quizás será posible limitar en parte esos daños bajo la conducción de dirigentes nuevos y en circunstancias totalmente nuevas. Sin embargo, resulta difícil imaginar a corto plazo cómo podría restablecerse un nuevo consenso interno: se necesitaron años para reconstruir el ejército -muy afectado luego de la guerra de Vietnam- y para repensar las doctrinas y definir un nuevo consenso en la elite, y quizás también a nivel popular, sobre la utilización de la fuerza. Luego de Irak no será fácil movilizar el sentimiento nacionalista para apoyar aventuras exteriores. Como tampoco se puede imaginar un regreso al statu quo ante la política mundial.

El legado hegemónico

La invasión y ocupación de Irak no son las únicas causas de las tendencias mundiales evocadas más arriba. La guerra no hizo más que acentuarlas en un momento en que fuerzas centrífugas más amplias ya se hacían notar: el debilitamiento y el posterior desmoronamiento del "Consenso de Washington" y la emergencia de nuevos centros de gravitación económica, particularmente en Asia, ya estaban bien establecidos cuando George W. Bush tomó la calamitosa decisión de invadir Irak. En síntesis, la historia avanza, mientras que Estados Unidos está empantanado en un conflicto que absorbe toda la energía del país.

Para las elites del poder esa configuración resulta profundamente inquietante. Desde mediados del siglo XX los dirigentes estadounidenses consideraron que tenían la singular responsabilidad histórica de dirigir y gobernar el sistema internacional. Instalados en la cima del mundo desde la década de los '40, partían del principio -igual que Gran Bretaña en el siglo XIX- de que Estados Unidos estaba destinado a actuar como hegemon; como Estado dominante dotado de la voluntad y los medios para establecer y mantener el orden internacional y garantizar la paz y una economía mundial liberal abierta y en expansión. En su lectura selectiva de la historia, la incapacidad de Gran Bretaña para mantener ese papel y la simultánea reticencia de Estados Unidos a asumir la responsabilidad (el "aislacionismo") fueron las condiciones que crearon el terreno propicio para el ciclo guerra mundial-depresión-guerra mundial durante la primera mitad del siglo XX.

Esa hipótesis, profundamente enraizada en las mentes, tuvo como corolario el siguiente argumento circular: dado que el orden requiere un centro dominante, mantener el orden (o evitar el caos) obliga a perpetuar la hegemonía. Ese sistema de creencias, que los investigadores estadounidenses llamaron en la década de los '70 la "teoría de la estabilidad hegemónica", es la base de la política exterior estadounidense desde que el país emergió de la Segunda Guerra Mundial como el núcleo occidental del sistema mundial.

A partir de 1940, las elites económicas y políticas de Estados Unidos entreveían una "amplia revolución en el equilibrio del poder": Washington habría de "convertirse en el heredero, legatario universal y administrador de los bienes económicos y políticos del Imperio británico, (...) el cetro (habría de pasar) a manos de Estados Unidos" 10. Henry R. Luce anunciaba la llegada del famoso "siglo estadounidense": "Ese primer siglo en que Estados Unidos sería una potencia dominante en el mundo", y afirmaba que el pueblo estadounidense debería "aceptar sin reservas (su) deber y (su) perspectiva de futuro como la Nación más poderosa y más vital (...) y ejercer sobre el mundo el pleno impacto de (su) influencia por los medios que considere apropiados (...)" 11. A mediados de la década de los '40 los perfiles del "siglo estadounidense" ya se dibujaban claramente: predominancia económica, sumada a una supremacía estratégica, apoyada en una red mundial de bases militares, desde el Ártico al Cabo, y desde el Atlántico al Pacífico.

Los dirigentes estadounidenses de la posguerra que presidían la construcción del Estado de seguridad nacional estaban imbuidos -según la expresión del historiador William Appleman Williams- de "visiones de omnipotencia" 12: Estados Unidos gozaba de enormes ventajas económicas, de un avance tecnológico considerable, y conservó durante un breve período el monopolio atómico. El impasse de Corea (1953) y los programas soviéticos de armas y de misiles nucleares hicieron tambalear la confianza de los estadounidenses, pero fue la derrota en Vietnam y los disturbios sociales internos relativos a esa guerra los que revelaron los límites de la potencia.

"Desimperialización"

El "realismo en una era de decadencia", predicado por Henry Kissinger y Richard Nixon, no era otra cosa que una forma de admitir a regañadientes que el tipo de hegemonía global ejercida desde hacía más de veinte años no podía durar eternamente. Pero Vietnam y la era Nixon marcaron un giro más paradójico, pues prepararon la reacción registrada en la década del '80: la "revolución conservadora" y los esfuerzos concertados para restablecer y renovar el Estado de seguridad nacional y el poderío mundial estadounidense.
Cuando pocos años más tarde se derrumbó la Unión Soviética, reaparecieron las ilusiones de omnipotencia. Los "triunfalistas" conservadores volvieron a soñar con la "primacía" internacional a largo plazo. Irak era una experimentación estratégica destinada a inaugurar el "segundo siglo estadounidense". La experiencia se hizo añicos, al igual que la política exterior de Estados Unidos.

Las analogías históricas jamás son perfectas, pero el ejemplo de Gran Bretaña y de su prolongada salida del período imperial puede proyectar luz sobre el momento histórico actual. En el crepúsculo del siglo XIX, eran escasos los dirigentes británicos capaces de imaginar el fin del Imperio. Cuando se celebró el jubileo de diamantes de la reina Victoria, en 1897, Gran Bretaña estaba a la cabeza de un imperio transoceánico formal que englobaba a un cuarto de los territorios del mundo y a 300 millones de subalternos; el doble si incluimos en ese conjunto a China, colonia virtual de 430 millones de habitantes.
La City de Londres era el centro de un imperio comercial y financiero aun más grande, cuyas ramificaciones cubrían el mundo entero. Por lo tanto, no tiene nada de sorprendente que una parte importante de la elite británica pensara, a pesar de los temores que despertaba la competencia manufacturera estadounidense y alemana, que Gran Bretaña había recibido "como regalo del Todopoderoso una concesión sobre el universo para toda la eternidad".

El jubileo fue "el último rayo de sol de una confianza infalible en las aptitudes de los británicos para dirigir" 13. La segunda Guerra de los Boers (1899-1902) 14 iniciada en Sudáfrica para preservar la ruta de las Indias y reforzar "el eslabón más débil de la cadena imperial", fue un enorme estropicio humano y financiero. Ese conflicto reveló además las atrocidades de la "política de tierra arrasada" a una opinión pública inglesa cada vez menos dócil. "La guerra sudafricana fue, para la potencia imperial británica, la mayor dificultad desde el Motín indio, y la guerra más extensa y más costosa desarrollada por Gran Bretaña entre la derrota de Napoleón y la Primera Guerra Mundial" 15.

Apenas doce años después estallaba esa Primera Guerra Mundial, provocando la ruina y el agotamiento de sus protagonistas europeos. El largo fin de la era británica había comenzado. Sin embargo, no sólo el Imperio sobrevivió a la crisis inmediata, sino que perduró durante varias décadas, hasta más allá de la Segunda Guerra Mundial, para finalmente conocer un final sin gloria en Suez, en 1956... a manos de los estadounidenses. Sin embargo, un siglo más tarde, la nostalgia de la época de esplendor subsiste, como pudo verse en las aventuras mesopotámicas del primer ministro Anthony Blair. Los últimos destellos del Imperio aún no se apagaron.

Desde hace medio siglo, la elite del poder en Estados Unidos, por su parte, considera algo natural su reinado sobre el mundo. La hegemonía, como el aire que se respira, se convirtió en una forma de ser, un estilo de vida, un estado mental. Los críticos institucionales "realistas" son sin dudas más lúcidos que aquellos a los que cuestionan. Pero no poseen un marco conceptual donde inscribir las relaciones internacionales, que pueda apoyarse en otra cosa que no sea la fuerza, el equilibrio del poder o el predominio estratégico.

La crisis actual y el creciente impacto de las problemáticas mundiales, insolubles a nivel nacional, quizás lleguen a generar nuevos impulsos en materia de cooperación y de interdependencia. En todo caso, sería deseable. Pero es igualmente probable que la política estadounidense siga siendo imprevisible: como muestran todas las experiencias post-coloniales, la desimperialización puede ser un proceso largo y traumático.

1.-"Retired Generals Speak Out to Oppose Rumsfeld", The Wall Street Journal, Nueva York, 14-4-06.

2.-Associated Press, 5-10-05. El general Odom dirigió la National Security Agency (NSA) bajo la presidencia de Ronald Reagan.

3.-Citado en "Breaking Ranks", The Washington Post, 19-1-06.

4.-Declaración ante la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, 1-2-07.

5.-El ex director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por su sigla en inglés), George Tenet, en su libro At the Center of the Storm, afirma que la Casa Blanca es la responsable de los errores estratégicos cometidos en Irak, y sostiene que nunca existió un "debate serio" para determinar si ese país representaba una amenaza inminente o si no era mejor endurecer las sanciones que desatar la guerra. Se trata de la última escaramuza conocida en el conflicto que opone la CIA a la Casa Blanca desde al menos el año 2003.

6.-Según dijo el ex secretario de Estado Colin Powell en el programa de televisión "Face the Nation", de la cadena CBS, el 17-12-06.

7.-Declaración de Zbigniew Brzezinski ante la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, 1-2-07.

10-Discurso del presidente del Consejo de la National Industrial Conference ante el congreso anual de la Investment Bankers Association, 10-12-1940. Citado en James J. Martin, Revisionist Viewpoints, Ralph Myles Publisher, Colorado Springs, 1971.

11.-Henry R. Luce, "The American Century", Life Magazine, 1941, artículo reeditado en Diplomatic History, Cambridge, 1999.

12.-William Appleman Williams, The Tragedy of American Diplomacy, Delta Books, Nueva York, 1962.

13.-Elisabeth Monroe, Britain's Moment in the Middle East, 1914-1956, Chatto & Windus, Londres, 1963.

14.-Tanto el segundo como el primer conflicto (1880-1881) enfrentaron a los británicos con los colonos de origen holandés (Boers).

15.-C. Saunders y I.R. Smith, "Southern Africa, 1795-1901", The Oxford History of the British Empire, vol. III, The Nineteenth Century, Oxford University Press, Nueva York, 1999.