sábado, 6 de junio de 2009

El oso termino de hibernar


Por Charles King*

Semanas atrás Georgia denunció que pudo frenar un motín militar respaldado por Rusia para causar una rebelión y derribar al actual presidente, Mikhail Saakashvili. Rusia, que el año pasado derrotó a Georgia en una breve guerra, calificó la acusación de “demencial”. El siguiente artículo, extractado de Foreign Affairs, describe el cambio en la estrategia de Washington hacia Moscú a partir del conflicto georgiano.

El 8 de agosto de 2008, mientras los líderes del mundo se reunían en Beijing para asistir a la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos, los tanques rusos cruzaron la frontera para adentrarse en Georgia. La noche anterior, las fuerzas georgianas habían respondido a los ataques de los separatistas de Osetia del Sur, un enclave étnico del norte de Georgia, golpeando duramente las áreas civiles de la capital de esa región, Tskhinvali, con el objetivo de recuperar el territorio por la fuerza.
Moscú, que había apoyado al gobierno separatista de la provincia durante más de una década, respondió con una invasión de gran escala, enviando aviones y columnas blindadas a Osetia del Sur y atacando centros militares y de transporte clave dentro de la misma Georgia. Rusia también reforzó su presencia militar en Abjasia, otra provincia separatista, que se ubica en el noroeste del país.
Las tropas rusas habían estado presentes en ambos enclaves como fuerzas de mantenimiento de la paz, destacadas con la autorización de Georgia quince años antes.Cuando el ataque de Georgia a Osetia del Sur produjo la muerte de varios soldados rusos y amenazó el frágil statu quo, Moscú intervino a la velocidad del rayo.
A primera vista, la guerra de agosto de 2008 entre Rusia y Georgia parecería ser poco más que algo sacado de un libro de aventuras: un imperio recién despertado que lucha contra un antiguo virreinato por el dominio de un principado montañoso de escaso valor estratégico para cualquiera de los dos; sin embargo, ha tenido consecuencias trascendentales.Para algunos de los vecinos de Rusia, como Polonia y los países bálticos, la guerra simbolizó el regreso de la antigua OTAN: una alianza tradicional que provee garantías de seguridad con el fin de desalentar la agresión externa, en lugar de un club posmoderno que promueve la democracia y la buena gobernanza.
Para Georgia, los tanques rusos que mancillaron la lozana campiña fueron una afrenta a todo lo que se había logrado desde la Revolución de las Rosas de 2003, incluida la creación de instituciones pasablemente democráticas y el establecimiento de una política exterior decididamente proestadounidense. Para Rusia, la guerra fue una firme respuesta al temerario liderazgo georgiano y una oportunidad para hacerle frente a la influencia de Estados Unidos en el patio trasero de Moscú.
Para los historiadores del futuro, la crisis de Osetia del Sur marcará un momento en el que Rusia llegó a desdeñar las instituciones internacionales existentes y comenzó, aunque de manera vacilante, a forjar las propias. Prácticamente todos los conflictos que convulsionaron a la antigua Unión Soviética en la década de los noventa fueron similares a los de Georgia: choques por fronteras e identidades dentro de Estados recientemente creados.
Las luchas territoriales por los enclaves de Nagorno Karabaj (en Azerbaiyán), Transnistria (en Moldavia) y Chechenia, además de la guerra civil entre facciones regionales en Tayikistán, todas giraban en torno a las preguntas básicas de dónde trazar las fronteras de los nuevos Estados y qué grupos –étnicos, territoriales o políticos– debían dominar dentro de ellos.Pero, además, cada guerra tuvo una dimensión internacional.
En 1992 y 1993, las unidades del antiguo ejército soviético quedaron bajo el comando de Rusia, y los comandantes militares locales tomaron las cosas en sus manos, ordenando que las tropas salieran de sus barracas en Georgia y Moldavia y apoyaran a los separatistas. Cuando la lucha terminó, las tropas rusas permanecieron en el lugar como tropas de mantenimiento de la paz, según los términos de los acuerdos de cese del fuego negociados por las partes en conflicto. Desde entonces, Rusia ha ayudado a consolidar la independencia de facto de lugares como Abjasia, Osetia del Sur y Transnistria. Los servicios de seguridad rusos operan libremente dentro de estos enclaves, y Moscú ha otorgado la ciudadanía rusa a muchos de sus habitantes.
Durante más de una década, los negociadores internacionales trataron de establecer acuerdos de reintegración, pero el interés en estos “conflictos congelados” siguió siendo reducido.La guerra de agosto de 2008 cambió todo esto. Los líderes de Estados Unidos y Europa condenaron de inmediato a Moscú por transgredir las fronteras establecidas. Deslucidas metáforas de la Guerra Fría –sobre contener al oso antes de que la siguiente ficha del dominó cayera– reaparecieron con asombrosa rapidez.
Moscú había adquirido a lo largo y ancho del Cáucaso a principios de los noventa y por proteger a los regímenes no reconocidos de la región. El 26 de agosto, Rusia dejó en claro este objetivo al reconocer formalmente a las dos regiones separatistas de Abjasia y Osetia del Sur. Pero ahora está jugando un juego peligroso. Los esfuerzos de Moscú por asegurar un respaldo inequívoco para su estratagema georgiana han dado pocos resultados.
La propuesta de que Abjasia y Osetia del Sur sean independientes sigue siendo irrisoria si Moscú, Managua y Minsk son las únicas capitales extranjeras que reconocen su existencia, como sucede actualmente. Y a la larga, el precipitado reconocimiento de Abjasia y Osetia del Sur podría ser contraproducente para Rusia. Si las dos provincias obtienen incluso una módica independencia verdadera de Moscú, su mera existencia establecerá un poderoso precedente para otras regiones dentro de la misma Rusia.
Si Osetia del Sur puede ser independiente, ¿por qué no podría serlo la provincia rusa de Osetia del Norte, cuyos habitantes están vinculados por lazos étnicos e históricos con la mayoría de la población de Osetia del Sur? Si los montañeses de Abjasia tienen derecho a tener su propio país, ¿por qué no sus parientes étnicos, los circasianos, que habitan las fértiles llanuras del norte?
Al tomar un trozo tan grande de Georgia, Rusia podría encontrarse con que les ha brindado un regalo a los grupos independentistas de su propia ladera de la cordillera del Cáucaso.Cuando callaron las armas en agosto de 2008, quedó claro que Abjasia y Osetia del Sur nunca volverían a estar bajo el control total de Georgia. Los dos enclaves aún están protegidos por soldados rusos, quienes han demostrado su capacidad y disposición para hacer huir al ejército georgiano entrenado por Estados Unidos.
Los habitantes de estos enclaves no tienen deseo alguno de reincorporarse a un país del que prácticamente se separaron hace más de una década, uno que han percibido durante largo tiempo como un agresor que sólo puede ser disuadido por las garantías de seguridad que brinda Rusia. Debido a que Georgia ha tratado de recuperar por la fuerza a Osetia del Sur en tres ocasiones –en 1991-1992, 2004 y 2008– esta no parece ser una posición irracional.
Las soluciones creativas que pudieron haberse alcanzado, como establecer una soberanía compartida entre Georgia y Rusia (similar al acuerdo establecido en Andorra, que considera que el presidente de Francia y un obispo español son los jefes de Estado), establecer un protectorado internacional en Abjasia y Osetia del Sur u otorgarles el estatus de “Estados libres”, ahora serán difíciles de conseguir.
Las abjasios y los surosetios han obtenido lo que querían desde el principio, reconocimiento internacional, y se resistirán a renunciar a dicho estatus. Al ordenar a su mal preparado ejército que iniciara una mal planeada reconquista, Mikhail Saakashvili logró que la bandera georgiana nunca ondee de nuevo sobre casi una quinta parte del territorio que su país aún reclama como propio.En última instancia, la desarticulación de Georgia no es lo que debería preocupar más a los líderes occidentales.
La verdadera importancia de la más reciente crisis del Cáucaso es que Rusia se ha embarcado en una nueva era de intervención por la fuerza, mostrando poca fe en las instituciones multilaterales, como el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas o la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, sobre las que ejerce considerable influencia. Esta desconfianza revela algo importante acerca del punto de vista de los líderes rusos sobre la política global en general: ellos creen que las instituciones multilaterales existentes son frentes poco sutiles para promover los ostensibles intereses de Estados Unidos y sus principales aliados europeos.
Una Rusia envalentonada y desconfiada ha logrado que el futuro de la OTAN sea incierto y ha dejado a Estados Unidos y a sus aliados divididos frente al papel que Moscú desempeña en el mundo.Al no molestarse en buscar el apoyo internacional y, posteriormente, no disculparse por su ataque unilateral contra Georgia, Moscú diferenció esta guerra de casos anteriores en los que potencias externas se han inmiscuido en la antigua esfera de influencia de la Unión Soviética.
La intervención de la OTAN en 1999 en Kosovo fue mucho más violenta que la incursión rusa en Georgia. Durante 68 días, los bombardeos aéreos destruyeron cada puente importante de la porción serbia del Danubio, deshabilitaron la red eléctrica nacional y destrozaron los edificios del centro de Belgrado (incluida, por error, la Embajada de China).
Sin embargo, a pesar de lo destructiva que fue, la operación en Kosovo fue asumida por una coalición de gobiernos occidentales. Y fue seguida por una misión de mantenimiento de paz de la ONU –con participación rusa– en un amplio esfuerzo por construir un gobierno efectivo y democrático en el terreno. La aventura de Moscú en el Cáucaso fue completamente diferente. Rusia ordenó una operación militar contra un Estado vecino sin haber obtenido antes el apoyo internacional o siquiera haber desarrollado una estrategia de relaciones públicas.
En la guerra resultante, Georgia dominó en el frente de las relaciones públicas: pocas horas después de la intervención rusa, el gobierno de Georgia comenzó a enviar actualizaciones por correo electrónico cada hora a los periodistas extranjeros. Mijeil Saakashvili, el presidente georgiano, que habla inglés y estudió en la Columbia University, apareció en vivo en CNN.
En entrevistas y discursos posteriores, mencionó todos los temas de conversación importantes para las audiencias occidentales, incluidas las afirmaciones de limpieza étnica y genocidio, y la extraña acusación de que Rusia estaba planeando incendiar los bosques. Mientras tanto, su gobierno orquestó manifestaciones en las que ondeaban banderas de la UE y en las que se pedía a Europa que rescatara a la asediada democracia.En contraste, el esfuerzo de relaciones públicas de Rusia fue débil. Imágenes de desafortunados refugiados osetios saturaron las pantallas de televisión rusas, pero Moscú hizo pocos intentos por transmitir su versión de los hechos a los medios internacionales.
Sin embargo, la historia real de la guerra de los cinco días pronto comenzó a parecer más complicada de lo que los informes iniciales de Occidente habían afirmado. Rusia puso en marcha un acuerdo de cese del fuego negociado por el presidente francés, Nicolas Sarkozy, y un mes después de la intervención, la mayor parte de las tropas rusas se había retirado a posiciones en Abjasia y Osetia del Sur.
Se demostró que algunas de las aseveraciones de Georgia –en especial la declaración de que el ataque ruso había precedido al bombardeo de Georgia contra la población civil de Osetia del Sur– eran muy cuestionables. Y los países europeos, que inicialmente se habían sumado a Estados Unidos para prometer sanciones contra Rusia, acogieron la disposición de Moscú para calmar una situación que habría dañado las relaciones entre la Unión Europea y Rusia. Incluso a pesar de que muchos estadounidenses y europeos seguían mostrándose escépticos ante los relatos rusos de la guerra, la intervención en Georgia fue muy popular en Rusia.
Naturalmente, los abjasios y los surosetios dieron la bienvenida a los soldados rusos como un escudo contra la agresión de Georgia. En el Cáucaso Norte –una región rusa que ha sido testigo de un gran número de movimientos políticos radicales y separatistas, el más conocido en Chechenia–, la guerra se vio como un esfuerzo por rescatar a los hermanos caucasianos de la dominación georgiana. Irónicamente, los combatientes chechenos se unieron incluso a las tropas rusas en su esfuerzo por repeler el avance georgiano sobre la hermana república montañesa de Osetia del Sur, ya que el odio de los chechenos por Georgia superaba su odio por Rusia.
Y en Ucrania, cuyo presidente, Victor Yushchenko, ha surgido como un ardiente defensor de Georgia, el público está dividido. En resumen, una operación militar que Occidente denunció como un acto de agresión fue vista en Rusia y en otros lugares como encomiable, proporcionada y humanitaria.Estos puntos de vista no son simplemente producto de los esfuerzos propagandísticos del Kremlin. Reflejan opiniones profundamente arraigadas sobre el papel de Estados Unidos en la región del Mar Negro y sobre conceptos básicos como autodeterminación y democracia.
Las opiniones de rusos, ucranianos y otros acerca de los asuntos globales reflejan las realidades que ven en el terreno. Cuando Estados Unidos apoya abiertamente a un gobierno georgiano que pretende bombardear a sus propios ciudadanos para someterlos, es fácil que la gente desconfíe de los motivos estadounidenses y reconozca lo maleable que puede ser el concepto de democracia.El desafío al que se enfrenta Barack Obama no es solamente el de resolver oscuras disputas territoriales en un lejano rincón del Cáucaso; también deberá manejar el naciente papel de Rusia como una poderosa y atractiva alternativa a Occidente.
Los líderes rusos han aprendido a usar el lenguaje de la estabilidad, el humanitarismo y la prosperidad, incluso mientras los periodistas rusos mueren en la custodia de la policía y los funcionarios corruptos despojan al país de su considerable riqueza. Si la brecha entre Rusia y Occidente se amplía, no se repetirá la Guerra Fría, el medio siglo durante el cual Moscú se encontraba en el centro mismo de un imperio coercitivo y desbordado. Sí creará, en cambio, una nueva y más delicada rivalidad por la capacidad de cada sistema político para explicar sus propias inconsistencias a sus ciudadanos y al mundo en general.
Las cuestiones de apoyar o negar la autodeterminación, de elogiar o condenar la invasión militar y de construir o desarticular países son disyuntivas que todas las grandes potencias enfrentan, y las decisiones resultantes rara vez se toman por principio. En el futuro, la contienda real será sobre qué potencias son más capaces de darles la vuelta a sus fallas y de dirigirse convincentemente a una ciudadanía mundial cada vez más conocedora que duda tanto de la democratización mesiánica de Estados Unidos como de la actuación deliberadamente nacionalista de Rusia.Desafortunadamente, el pensamiento occidental acerca de Rusia ha sustituido con demasiada frecuencia el análisis por la analogía.
Si la Rusia actual es semejante a la Alemania de Hitler, se argumenta, Occidente debería evitar el apaciguamiento y prevenir cualquier posible agresión rusa a Ucrania o a cualquiera de los vecinos de Rusia. Pero lo que Occidente no ha logrado comprender es que muchos de los habitantes de la región consideran que la guerra de agosto de 2008 fue una intervención justificada más que un descarado intento por resucitar a un imperio malévolo.
En las semanas posteriores al conflicto entre Rusia y Georgia, preocupados funcionarios de Estados Unidos y Europa sostuvieron reuniones de emergencia para considerar una gran variedad de respuestas, desde suspender las relaciones de Rusia con la UE hasta boicotear los Juegos Olímpicos de Invierno de 2014 que se llevarán a cabo en el centro turístico de Sochi en el Mar Negro ruso, a poca distancia de Abjasia.
“Estamos convencidos de que está en el interés de Rusia no aislarse de Europa”, informaba el comunicado final de una cumbre de líderes de la UE que se llevó a cabo en septiembre. Sin duda, las acciones de Rusia han distanciado al país de las instituciones occidentales, pero lo más inquietante es que el Kremlin y el ruso promedio ahora pueden imaginar un mundo en el que eso no tiene por qué preocuparles.

*Charles King es presidente del Consejo Académico y profesor de la Edmund A. Walsh School of Foreign Service de la Georgetown University. Su libro más reciente es The Ghost of Freedom: A History of the Caucasus.

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