Por Denis MacShane
La socialdemocracia europea debe bajar las viejas banderas y reivindicar el crecimiento y la redistribución. Salvo que quiera seguir perdiendo elecciones.
El capitalismo está en crisis. El crecimiento colapsó. El desempleo está en alza y el Estado vuelve a ser activo. El momento suena ideal para que la izquierda se posicione como alternativa a la visión de libre mercado de la derecha.
Pero no: los partidos izquierdistas clásicos europeos del siglo XX —los socialdemócratas del norte de Europa, los socialistas del Mediterráneo y los laboristas en Gran Bretaña— pasan por un momento difícil, y 20 de los 27 Estados miembros de la Unión Europea tienen un Gobierno de derecha. Entre ellos, Nicolas Sarkozy en Francia, Silvio Berlusconi en Italia y Angela Merkel en Alemania.
De las cuatro naciones principales de la Unión Europea, únicamente Gordon Brown, de Gran Bretaña, se inclina hacia la izquierda, y su destino pende de un hilo. Los tiempos de Willy Brandt, Felipe González y François Mitterrand parecen muy lejanos.
En cierta forma, la izquierda se convirtió en víctima de su propio éxito. El horror de la pobreza absoluta de mediados del siglo XX se suavizó con el estatismo del Estado de bienestar, y los antiguos conflictos de clase fueron reemplazados por un proletariado más complejo que incluye a los inmigrantes y a las mujeres que trabajan a tiempo parcial.
En el sector privado europeo, existen más pequeños negocios que trabajadores sindicalizados. No sorprende que los partidos izquierdistas no sepan cómo responder ante la peor crisis financiera de la que se tenga memoria.Hoy, no hay ningún líder que se destaque. En mayo, en Atenas, el ilustrado líder del Movimiento Socialista Panhelénico Griego (PASOK), Georgios Papandreou, reunió a varios de sus colegas líderes como Ségolène Royal de Francia, el español González y el ex primer ministro izquierdista de Italia Massimo D’Alema, en un intento de ensayar una nueva síntesis.
Pero lo único que ofrecieron fue retórica anticuada contra el neoliberalismo y el neoconservadurismo, como si las denuncias contra el capitalismo contemporáneo o los ataques contra George W. Bush pudieran atraer votantes a la socialdemocracia. Durante meses, los partidos de la izquierda europea (que se preparaban para las elecciones parlamentarias de Europa, completadas este domingo 7), trabajaron para producir un manifiesto conjunto.
Pero el documento contiene muchas críticas y pocas soluciones. No apoya los grandes impulsos al gasto público de tipo keynesiano, como los realizados por Obama, ni menciona la energía nuclear como parte de la solución al cambio climático, debido a que los socialdemócratas alemanes piensan que eso podría molestar a sus aliados Verdes. Tampoco pide la abolición de los subsidios a la agricultura en Europa —una importante causa de la pobreza en África y Asia— debido a que los socialistas franceses siempre vetan cualquier recorte a los subsidios agrícolas.
El manifiesto ofrece sí un plan inteligente para regular los extremos más salvajes de la banca y las finanzas, en una prosa tan plomiza que es muy poco probable que genere votos.La sensación es que los socialdemócratas prefieren más oponerse al poder —por ejemplo, con columnas de opinión en los diarios— que convencer a quienes desconfían del rol del Estado en la economía. Por otra parte, el apego de la izquierda a sus antiguas creencias evita que una nueva generación de intelectuales proporcione respuestas concretas.
Royal y su rival, el líder del Partido Socialista Francés Martine Aubry, se unen a cualquier manifestación callejera que pase por ahí. Sus ataques personales contra Sarkozy y el llamado a la “radicalité” pueden resultar vistosos en la televisión, pero no atraen a los votantes. Quizás, la crisis de los socialdemócratas actuales esté perfectamente representada por Gordon Brown. Conocido como el Tiger Woods de la política, hoy está envuelto en una crisis y presiones para que renuncie, lo que demuestra que el desarrollo de estrategias y políticas no es suficiente. Brown, al igual que otros socialdemócratas europeos, no puede hallar las políticas populistas que le salen de manera tan natural a su rival conservador David Cameron, o a dirigentes como Sarkozy o Berlusconi.
El éxito anterior de la izquierda se apoyaba en líderes como Brandt y González, quienes estaban dispuestos a desafiar la ortodoxia de la izquierda y establecer una coalición con los intereses comerciales. Los socialdemócratas de la actualidad también deben tener el valor suficiente de decir la verdad ante sus propios partidos. Reconocer, por ejemplo, que siguen afirmando que hablan por la clase trabajadora, pero que se convirtieron en pequeñas élites de universitarios, compuestas por políticos profesionales.
Que la clase trabajadora industrial clásica, tal como fue definida por los marxistas, dejó de existir, y que los sindicatos perdieron sustancia. Los socialdemócratas tienen que comenzar a elaborar políticas con el nuevo proletariado en mente: los inmigrantes, las mujeres, los trabajadores de tiempo parcial y aquellos que compiten con la clase trabajadora nativa y de raza blanca por obtener puestos no especializados mejor pagos.
Aunque a los socialdemócratas les encanta proclamar su internacionalismo, a la clase trabajadora blanca de Europa le desagradan los competidores extranjeros, el multiculturalismo de la izquierda y la globalización.La izquierda debe abrazar el objetivo del crecimiento económico. Y son las empresas, y no el Estado, las que crean empleos —aún si es el Estado el que da forma a la justicia social—.
La socialdemocracia sin un empleo pleno o casi pleno termina convirtiéndose en una amarga batalla por unos ingresos cada vez menores. Explicar por qué el libre comercio, también conocido como globalización, es positivo para la socialdemocracia europea, es tarea para psiquiatras. Es más fácil que la izquierda quede fascinada con Venezuela bajo la boina roja de Hugo Chávez.
La última novedad es admirar a China como una “exitosa economía de mercado dirigida por la izquierda”, olvidando los gulags chinos o el hostigamiento a los activistas por la democracia. Socialdemócratas, como Gerhard Schröder, también hicieron campaña contra la guerra en Irak y vieron cómo los votantes les daban la espalda y reelegían a Blair y Berlusconi, que lucharon para derrocar a Saddam Hussein.
El amanecer de la izquierda podría iniciarse en los Estados nórdicos, que desde hace mucho tiempo son los principales innovadores del modelo socialdemócrata. En Suecia, Dinamarca y Finlandia hay mujeres cada vez más jóvenes impulsadas hacia el liderazgo de los partidos y que buscan seriamente asumir el poder, sin limitarse únicamente a pronunciar discursos de protesta.
En Dinamarca, Helle Thorning-Schmidt, una joven madre de dos niños, impulsó su partido hacia una postura de triunfo después de que el primer ministro de la nación renunció para convertirse en Secretario General de la OTAN. Como mujer y ex investigadora del Parlamento Europeo que habla tres idiomas y está casada con un ciudadano británico, Thorning-Schmidt representa el nuevo rostro de los socialdemócratas.
Para derrotar a los gobernantes de derecha, la socialdemocracia debe volver al centro, ya sea sola o en alianza con los poderosos partidos de esa tendencia. Necesita formar coaliciones para establecer políticas progresistas y reformistas con partidos a los que les desagrada la economía a favor de los ricos, los discursos moralizantes contra las madres solteras y, con frecuencia, los extranjeros.La socialdemocracia se separó del liberalismo clásico hace más de un siglo debido a que los liberales protegían los estrechos intereses de la clase media a expensas de los trabajadores y de una visión más amplia y generosa.
Reconstruir esa coalición es la mejor manera de regresar al poder.Pero, esta vez, la socialdemocracia debe reconocer que la historia quizás no esté de su lado, a menos que se quite de encima sus viejas pieles, ponga en primer lugar el crecimiento económico y en segundo la redistribución, y aprenda que si la izquierda considera a la comunidad de negocios, a las mercancías fabricadas en otros países y a los trabajadores con otro pasaporte como sus enemigos, quizás complazca a sus militantes, pero va a seguir siendo rechazada por los votantes.
* Macshane es miembro del Parlamento laborista y ex ministro de Europa en Gran Bretaña.

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